sábado, 28 de septiembre de 2013

SANTAYANA Y LA SABIDURÍA DE LA DISTANCIA

Cuando se cumplen 150 años del nacimiento del gran filósofo, ¿qué puede enseñarnos en estos tiempos de penuria? A un país tan amigo de las militancias, le vendría bien su irónico escepticismo y su amable ironía

ENRIQUE FLORES
Cuenta Gore Vidal en sus memorias que, en cierta ocasión, un famoso crítico literario le confesó que Santayana le había enviado un ensayo desde Roma y que se lo había devuelto, porque “¿Qué es lo que tiene que contarnos ahora?”. A lo que Vidal contestó: “Todo, y más”. No parecen opinar lo mismo las instituciones académicas y la industria editorial de nuestro país que, en este año en el que se conmemora el 150º aniversario del nacimiento del pensador, están brillando, tan clamorosa como injustificadamente, por su ausencia. En un panorama editorial en el que predominan las bagatelas literarias y seudofilosóficas, uno no se plantea ni remotamente la posibilidad de una edición crítica de las obras completas del pensador de la ejemplaridad de la que está llevando a cabo la Universidad de Indiana en los Estados Unidos, pero ¿no habría sido una aventura de poco riesgo una digna reedición, por ejemplo, de su espléndida novela El último puritano o de esa obra maestra del género memorístico que es Personas y lugares? ¿Y qué decir de la eternamente aplazada traducción de la excelente biografía de John McKormick? Sé de cierta editorial en la que duerme, nunca mejor dicho, el sueño de los justos una recopilación completa y magistralmente traducida de los ensayos filosóficos que el pensador le dedicó a otros pensadores, en su mayoría inéditos en castellano. En cuanto al mundo universitario, parece estar devolviéndole a Santayana el desprecio con el que este lo trató cuando a la edad de 48 años decidió desembarazarse de todas sus obligaciones lectivas en la Universidad de Harvard para abrazar lo que él denominó una vida de “estudiante viajero”. Pero tampoco debemos afligirnos, Santayana es un pensador de largo aliento, cuya obra permanecerá iluminando a unas inmensas minorías cuando los vapores estupefacientes de otras modas filosóficas se hayan extinguido para siempre.
“El nacionalismo es la indignidad de tener un alma controlada por la geografía”, escribió
Ya en 1950 el crítico colombiano Pedro Henríquez Ureña se preguntaba: “¿Por qué España, que con tanto empeño aspira a tener filósofos, no se entera de quién es George Santayana?”. No sé si España ha aspirado alguna vez a tener filósofos, pero no creo incurrir en ninguna exageración si afirmo que el autor de Los reinos del ser es el único al que podemos aplicarle con todo rigor dicho término, si es que queremos distinguir al mismo con la dimensión de dignidad y trascendencia que tenía en el mundo clásico. Unamuno, Ortega, Zambrano son ciertamente grandes pensadores pero carecen de esa aura de ejemplaridad existencial sin la cual no resulta posible, en mi opinión, integrar a alguien en esa insólita forma de estar en el mundo que es la filosofía. Más que en ningún otro pensador de su época, vida y pensamiento se conjugan en Santayana en un juego ético-estético de una perfección intrínsecamente filosófica. No es casual que, siendo su concepto de la filosofía tan semejante al que profesaban los antiguos (“una disciplina de la mente y del corazón, una religión laica”), sus numerosos ejercicios de autobiografía intelectual se inicien indefectiblemente con un recorrido por sus vicisitudes existenciales.
Ahora bien, también nosotros, españoles en tiempos de penuria, podríamos preguntarnos qué puede aún enseñarnos Santayana en nuestros días. En un plano muy general, la lectura de sus obras (tan apasionantes también desde un punto de vista estrictamente literario) puede reportarnos algo de lo que se ha olvidado demasiado a menudo el pensamiento de nuestro tiempo: la sabiduría de la distancia. Contaminados por ese mito sartriano (un pensador, por cierto, infinitamente más irrelevante que Santayana) del compromiso, los pensadores modernos han renunciado a esa ambición de totalidad sin la cual no puede hablarse propiamente de filosofía. Dicha ambición no solo no tiene por qué tener consecuencias dogmáticas, sino que es, por así decirlo, la condición imprescindible de posibilidad para interponer una suerte de relativización escéptica en la aparente gravedad de lo inmediato. A un país genéticamente tan militante como el nuestro, Santayana podría aportarle, tanto desde su obra como desde su biografía, una sugestión de irónico escepticismo, de amable ironía, de humor de carácter específicamente filosófico: “La feliz presencia de la razón en la vida humana está por tanto mejor ejemplificada en la comedia que en la tragedia… Nos reímos de nuestros ridículos errores, los corregimos con una palabra y no encontramos motivo para no ser felices de ahí en adelante”.
Más radicalmente cosmopolita que ningún otro pensador de su propio tiempo, nada hay más alejado de Santayana que las profesiones de fe nacionalistas: “El nacionalismo es la indignidad de tener un alma controlada por la geografía”, escribió. Y, sin embargo, ello no implica una indiferencia general de la perspectiva. En el capítulo que le dedica en sus Retratos de memoria y otros ensayos, Bertrand Russel apunta con su habitual malicia que “él podía admitir en los reinos de sus admiraciones a los griegos antiguos y a los modernos italianos, incluyendo a Mussolini. Pero no podía sentir un sincero respeto por nadie que procediera del norte de los Alpes”. Hay cierta verdad en esa apreciación. Educado en los más selectos ambientes de la puritana Boston, Santayana aprendió a identificar los restos de barbarie que aún latían (y laten) bajo la apariencia de refinamiento de ese puritanismo protestante de corte productivista. Amante del paganismo de Lucrecio y de la simbología católica de Dante, se pregunta “si la mente del norte, incluso en Shakespeare, no permaneció morosa y bárbara ante su núcleo más íntimo”. Ahora, por ejemplo, que el sueño de Europa vuelve a verse amenazado por esa secular fractura entre el puritanismo nórdico y el paganismo meridional, no está de más una mirada tan desacomplejada desde un gozoso epicureísmo.
Fue un crítico implacable de las irresolubles paradojas que laten en el núcleo del liberalismo
Igualmente perspicaz es su identificación anticipada de muchas de las lacras de nuestras sociedades ultratecnificadas. Fue un crítico implacable de las irresolubles paradojas que laten en el núcleo ideológico más íntimo del liberalismo, recordando, no obstante, que “la cultura requiere el liberalismo como su fundamento y el liberalismo requiere la cultura como su culminación”. Detecta asimismo los componentes totalitarios que, bajo lo políticamente correcto, encorsetan las libertades en nuestras democracias formales y, amante declarado de la diversidad de las culturas, se revuelve contra la pobreza uniformizadora que se derivaría de lo que posteriormente se ha conocido como globalización.
Materialista, ateo, genuinamente spinoziano en su contemplación de todas las cosas bajo una especie de dimensión de eternidad, su perspectiva no desdeña sin embargo, una profunda dimensión moral, una auténtica piedad por el intrínseco dolor que supone el hecho de vivir, pero también una enorme gratitud por la belleza muchas veces cruel del mundo, por la condición esencialmente imaginativa de los hombres, por la existencia de esa deslumbrante vida de la razón que componen la sociedad, el arte, la religión… El pensamiento de Santayana es una invitación a la liberación más absoluta, una celebración del mundo. Es verdad que se le ha achacado en ocasiones (Bertrand Russel, por ejemplo) la frialdad de esa mirada: contempla la realidad desde la luz del espíritu, como un dios griego que se niega a participar en los avatares que atribulan a los seres humanos, pero es importante recordar que todo su sistema se resume en una unión final con las cosas y no en una reconvención de ellas: “Uno de los medios de venganza de la tontería”, declara, “consiste en excomulgar al mundo”. Hace poco descubrí en YouTube un desdibujado vídeo del pensador en los últimos años de su vida, cuando los soldados americanos que habían llegado a Italia se acercaban a visitarlo en su retiro del Convento de las Monjas Azules de Roma como a un gurú del pensamiento. En él aparece un viejecillo adorable de aspecto inequívocamente hispánico que ríe esplendorosamente, como si quisiera dejar constancia de su inveterada convicción de que “el joven que no ha llorado es un salvaje, pero el viejo que no ríe es un necio”. A esa risa hacen referencia casi todos los que le conocieron en sus últimos días. Es la risa sabia y humilde de quien ha comprendido que “todo en la naturaleza es lírico en su esencial ideal, trágico en su destino y cómico en su existencia”.
Manuel Ruiz Zamora es filósofo e historiador del arte (también editor de Ejercicios de autobiografía intelectual y autor de El poeta filósofo y otros ensayos sobre George Santayana).








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