martes, 24 de diciembre de 2013

NACIONALISMOS SIN ESTADO


Eduardo Montagut | Historiador
nuevatribuna.es | 23 Diciembre 2013 - 20:11 h.

En España existen tres grandes nacionalismos sin Estado: el gallego, el vasco y el catalán, con distinta implantación y poder: menor en el primer caso y muchísimo mayor en los dos últimos. Dentro de estos nacionalismos existen diferencias destacables desde el momento en el que los distintos partidos nacionalistas giran hacia posturas más progresistas o conservadoras. Los partidos nacionalistas parten de ideas comunes pero están impregnados de otras ideologías. En el caso gallego la única formación nacionalista es de tendencia progresista, pero en los casos vasco y catalán es evidente la diferencia entre posicionamientos moderados y democristianos y otros más a la izquierda. Por otro lado, el principal grupo terrorista que ha actuado en nuestro país desde el tardofranquismo ha tenido una clara significación nacionalista.
Existen autores que prefieren definir estos nacionalismos sin Estado como periféricos, pero esta denominación es un tanto polémica porque otros autores piensan que esta calificación tiene determinadas connotaciones interesadas, al establecer previamente lo que es el centro y la periferia.
Los nacionalismos sin Estado en España tienen su origen en el regionalismo cultural, luego político, y que derivó en oposición nacionalista al Estado liberal centralista, en la época de la Restauración. Cobraron fuerza, especialmente el catalán, en el reinado de Alfonso XIII y en la II República, con el paréntesis represor de la Dictadura de Primo de Rivera, para ser, de nuevo reprimidos, aunque de forma mucho más determinante y con voluntad de exterminio por el franquismo. A pesar de la virulencia de esta represión resurgieron y cobraron un protagonismo indiscutible en la Transición.
Los nacionalismos sin Estado parten del nacionalismo clásico, es decir, de la defensa de la existencia de una nación que debe contar con Estado propio, por lo que hacen del principio de autodeterminación un objetivo irrenunciable, aunque puedan ser más o menos posibilistas, como lo pusieron de manifiesto el nacionalismo conservador catalán, tanto en la época de Alfonso XIII como en la Transición democrática, y por la existencia de un sector más moderado o autonomista en el PNV. Curiosamente, en su defensa del estado-nación, los nacionalismos sin Estado se aprovechan de la crisis actual de los Estados en Europa; una crisis marcada por dos factores: la globalización económica y cultural y la creciente importancia del poder de las instituciones de la Unión Europea.
Los nacionalismos sin Estado tienen una fuerza política evidente y un claro protagonismo social porque se presentan como los garantes de los derechos e intereses de los ciudadanos de sus regiones frente al Estado central, logrando que estos ciudadanos adquieran un sentimiento de pertenencia más palpable a una comunidad propia que a la general del Estado. La crisis y los fuertes recortes del gasto público refuerzan ese sentimiento porque estimulan los argumentos basados en los agravios, aunque los propios partidos nacionalistas en las instituciones autonómicas tengan parte de responsabilidad en esas políticas. Pero, además de esta actual coyuntura favorable a los nacionalismos sin Estado, hay que tener en cuenta una cuestión más estructural. Nos referimos al fracaso del Estado español a la hora de conseguir imponer una noción clara y fuerte de España, tanto en Cataluña, como en parte de Euskadi. Ni el Estado liberal centralista, tan débil institucional y económicamente, ni la fórmula dictatorial y represiva del franquismo pudieron imponer la idea de una sola nación en España. Otras formulaciones, como la federal y la autonómica, de las dos Repúblicas españolas, respectivamente, no terminaron claramente de cuajar por multitud de factores.
El Estado de las autonomías ha sido la forma de vertebración territorial más dialogada en la historia contemporánea española, aunque ahora cuestionada por los nacionalismos sin Estado, especialmente porque consideran que se estableció de forma que no atendió a sus peculiaridades porque asimiló a un régimen común todas las comunidades, sin respetar las excepcionalidades de las nacionalidades históricas. Además, consideran que las autonomías estarían en crisis al constatar una vuelta al centralismo en la práctica política de la derecha en el poder central, con un marcado acento nacionalista en sentido españolista. En el caso catalán, el proceso actual de reafirmación nacionalista se iniciaría con la declaración de inconstitucionalidad de diversos artículos del nuevo Estatut.
Aunque conviene resaltar que hay siempre diferencias entre unos nacionalismos sin Estado y otros, y que se debe tener cuidado con las comparaciones cuando no se tienen en cuenta los contextos históricos y de otro tipo, se pueden observar algunos rasgos comunes.
En primer lugar, estos nacionalismos suelen hacer de la defensa del idioma propio una cuestión vital. Es un rasgo claramente diferenciador con relación al conjunto, que puede generar conflictos, como en el caso de la enseñanza en Cataluña y sus derivaciones en otras comunidades vecinas.
La religión ha sido un elemento muy evidente en los nacionalismos sin Estado en muchos lugares del mundo pero no tanto en el caso español, aunque el nacionalismo conservador vasco siempre se ha basado en una intensa defensa del catolicismo y con evidentes lazos con el clero autóctono. El componente religioso también es evidente en la Unió catalana, otra formación que tendría su origen en la democracia cristiana.
La cuestión territorial es fundamental entre los nacionalismos sin Estado. En el caso vasco existe la reivindicación territorial frente a dos Estados, aunque más fuerte con relación al español, además de la polémica sobre Navarra. En el caso catalán se han realizado reivindicaciones sobre los denominados “Países Catalanes” pero, también se ha planteado una división territorial propia y  diferente de la provincial española, aunque no sin intensas polémicas internas.
La cuestión económica tiene un claro protagonismo a la hora de entender y medir la potencia de los nacionalismos sin Estado. En España, los dos principales nacionalismos de este tipo se asientan en territorios que, históricamente, han sido y son desarrollados y, por lo tanto, de los que más contribuyen a la hacienda general. El nacionalismo catalán hace bandera de la necesidad de tener más cuotas de autonomía económica en materia fiscal para la autofinanciación y se queja de que contribuye en exceso al fisco español. El caso vasco es muy peculiar por su régimen económico propio, pero que es un claro ejemplo de conquista histórica en esta cuestión. El factor económico, entre otros, estaría en el origen de la menor fuerza del nacionalismo gallego.
Los nacionalismos sin Estado monopolizan la idea de nación en sus territorios y niegan la existencia de la nación española, por lo que consideran a España como un Estado nada más, es decir, como un ente puramente administrativo. A lo sumo, algunos nacionalistas consideran que dentro del Estado español habría más de una nación.
Los nacionalismos siempre han hecho un exhaustivo empleo y manipulación de la historia, glorificando gestas pasadas y buscando el origen de las naciones en pasados remotos. El nacionalismo español, en sus dos grandes versiones, la liberal y la franquista, elaboró sendas historias de España para justificar sus discursos políticos y generar cohesiones, así como para imponer unas determinadas ideas de España. Los nacionalismos sin Estado no son muy diferentes en este sentido, pero sí plantean una peculiaridad. Bucean en el pasado para buscar libertades pasadas y para remarcar la pérdida de las mismas a manos del Estado central, formulando un listado de agravios en su discurso político.




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