domingo, 5 de abril de 2015

#YOTAMBIÉNSOYANARQUISTA Y #ELPATIOSEQUEDA




04 de abril de 2015
Ana Barba
 Vivimos en un territorio, la Península Ibérica, asaltado, ocupado, esquilmado desde la antigüedad. Somos un crisol de razas y culturas, supervivientes de un tirano tras otro. Nuestros antepasados aprendieron que era adaptarse o morir, agachar la cerviz y servir al señor o tirarse al monte. Siempre ha habido gentes con facilidad para ser el perro del amo, como es bien sabido. Y siempre ha habido quienes han querido rebelarse y buscar solos su destino. Las riquezas naturales de la Península fueron saqueadas por todas las hordas invasoras a lo largo de los siglos, sus pobladores esclavizados o aniquilados, sus tradiciones aplastadas. La supervivencia aumentaba acatando las leyes del invasor y operando bajo el radar de sus esbirros. 


Durante cientos de años se ha cambiado de religión si ha sido necesario, se ha sisado todo lo posible del diezmo, se ha cazado furtivamente, se ha traficado con todo lo que ha sido posible. Era la única manera de sobrevivir a invasores extranjeros, ser converso, incluso hacerse fanático para evitar sospechas. Los afortunados se convertían en sicarios de los poderosos, exigiendo rentas más feroces y aplicando leyes más tiranas, si cabe. Traspasada la Edad Media, los modos salvajes fueron dando paso a otro tipo de invasión, la de los banqueros y comerciantes del norte. La resistencia civil tuvo su episodio épico con losComuneros, aunque finalmente fueron vencidos y la resistencia volvió a ser pasiva: negocios bajo cuerda, furtivismo, contrabando. Todo era lícito para restarle medios al opresor. Las gentes acostumbraban a sellar sus negocios con un apretón de manos, al margen del Estado. La economía de a pie funcionaba según códigos éticos no escritos pero respetados al máximo. Se puede decir que los habitantes de este territorio eran gentes honradas, que no se traicionaban entre si, pero que evitaban cuanto podían incluir en sus negocios los derechos reales. Frente a esto, el poder siempre ha intentado extender sus tentáculos, aumentar su burocracia y sus funcionarios, sabedor de que cuantos más filtros aplicase, menos riqueza se escaparía a su control. Cada nuevo sistema de gobierno, con la corta excepción de nuestras dos Repúblicas, nos ha traído más funcionarios para controlarnos, menos libertad. Por supuesto, la reacción contra la opresión ha sido siempre operar al margen todo lo posible. Y seguirá así mientras sigamos gobernados por indeseables.
La función de un Estado no debe ser la de controlar y limitar la libertad, sino la de garantizar todas las libertades y todos los derechos. El Estado debe estar al servicio de la ciudadanía, no limitarla y ningunearla. El Estado debe ser, sobre todo, controlado por las personas a las que debe servir, no al contrario.
Los partidarios del modelo autoritario que sufrimos nos consideran a las personas como menores de edad civil, sin capacidad de organizarnos o de decidir. Se encargan, mediante un sistema educativo nefasto, de generar individuos con pocos conocimientos, sin criterio, personas dependientes que permiten una demostración de sus tesis. Es por eso que el Sistema no quiere que nos auto-organicemos, que demostremos que otra vida es posible. Los CSOA son un ejemplo peligroso para el Sistema, son un nido de solidarios, auto-organizados, generadores de tejido social, de ideología. Son cuevas de peligrosos anarquistas que se permiten vivir al margen del statu quo. Y eso en tiempos de mudanza como los que vivimos es muy peligroso para la supervivencia de dicho Sistema, ya que muestra un camino a más gente y puede llegar a extenderse como una mancha de aceite. No hay que olvidar nuestra tradición de resistencia civil a los opresores, nuestras costumbres de operar bajo el radar como forma de hacer oposición. Cuarenta años de franquismo y otros treinta y siete de falsa democracia casi acaban con ello. Menos mal que siempre nos quedan los anarquistas para recordarnos que podemos vivir de otro modo.
Sirva este escrito como homenaje a la labor social y política que se realiza en todos los CSOA y como protesta al acoso que están sufriendo por parte del Poder, tanto los centros sociales como los compañeros y las compañeras anarquistas. En todos y cada uno de los centros sociales que he visitado en mis años de activismo solo he encontrado respeto a todas las personas, democracia, responsabilidad y solidaridad. En ellos se acoge a gentes de toda procedencia, se comparten saberes y trabajos. Quiero hacer especial mención a mi querido Patio Maravillas, pendiente de un desahucio inminente, pero sin olvidar otros muchos que formarán parte de la historia de estos tiempos de cambio: la Tabacalera, La Dragona, La Morada, la Salamanquesa, Can Vies, la Quimera, la Casika, la Traba y tantos otros. Todos ellos son la prueba de que otro mundo es posible, pero está en este.







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